miércoles, 6 de enero de 2010

Podrás besarme ®


Foto by Elsa Kawai

María Estela llevó a empujones a sus primos Carmen Cecilia y Ricardo Alberto al traspatio de la casa de campo. La adolescente no soportó verlos envueltos el uno en el otro, una respiración sobre otra, la vitalidad de él, iniciada, sobre la otra piel. Aquella visión provocó que la envidia hiciera erupción, desde sus entrañas, brotó una lava celosa que separó las carnes semidesnudas, amantes sobre el verdor del césped y la tierra revuelta, violentamente. La plenitud ajena, el desenfado de las sensaciones alegres descubiertas, produjeron dolor e ira; presenciar que ellos se amaran, fue insoportable. Él ni por un instante se había interesado por ella, la heredera. Entraron los tres al depósito de la jardinería, junto a la furia desatada de María Estela, quien los golpeaba con los puños cerrados. Los todavía niños, confundidos, no atinaban a reaccionar. Los lanzó al rústico piso, donde comenzaron a protestar, pero sus resistencias fueron ahogadas con sacos de loneta, y bolsas de abono para tierra. Al voltear María Estela para cerrar el portón, Ricardo Alberto, reaccionó y se abalanzó sobre la prima, rodaron por el piso junto a insultos intensos, que drenaban odio.
—Maldita, —gritó Ricardo Alberto —. ¿Por qué nos molestas? ¡Déjanos tranquilos! ¡Eres una perra!
—Maldito tú, —respondió María Estela, y tornó a defenderse —. Que te arrastras como gusano sobre la gafa de Carmen Cecilia. Gusanito es lo tienes entre las piernas, ¡Gusano aguado! ¡Enano!
La fuerza de los golpes iba en aumento y brotó el primer hilo de sangre en los labios del muchacho. María Estela calmó su frenesí, al ver el rojo hilo, acusador de sus excesos, reflexionó, nunca podría justificar tanto daño. Debía tener cuidado, sus secretos dependían de su cautela, de su conducta ejemplar. Las promesas que había hecho, pendían sobre su existencia. Alguna alteración en esas vacaciones, pondría en peligro sus planes. Sedimentó su ira. Los miró, aún desafiante, y les dijo:
—Callen acerca de todo esto y no diré que estaban abrazados y desnudos en el gazebo. ¡Gafos! ¿Qué pensaban? ¡Las trinitarias no son tan altas y tupidas para ocultarlos!
—Eres una metida, se supone que todos estaban entretenidos con las carreras del cinco y seis, dijo Ricardo Alberto.
— Tu problema, mierdita con arroz, es que no tienes novio. —atacó Carmen Cecilia—. Ni sabes nada de besarte. Te vas a quedar para vestir santos.
María Estela endureció su expresión. Sintió cómo sus venas se vaciaban, todo su ser retrocedió ante el golpe. Tenía edad suficiente, era casadera, hasta mucho más alta que ellos, sin embargo, sin compromiso. ¿Por qué no podía acercarse a los muchachos? ¿Por qué se paralizaba de miedo, recubierto de superioridad? No podía llegar a ellos, ¿Por qué?
—Mejor cállate, —dijo herida María Estela—. Además, sí tengo enamorados. El otro día te enseñé mis papeles azules, escritos por mi amor, —miró de soslayo al muchacho. —Sé mucho sobre el amor y si tengo enamorados, mañana les demostraré que siempre tengo la razón. Nos quedaremos aquí hasta mañana.
—A mí me sacas de eso, exclamó el que se sintió aludido, —. No es para tanto, ¡qué lío! ¡Me voy!
—No te vas nada, te quedas aquí, ni tú, Carmen Cecilia, ¡se quedan!
— ¿Por qué tenemos que hacerte caso? ¿Por qué nos vamos a quedar aquí?— Gruñó Carmen Cecilia, —. Y dices mentiras, no tienes nada. Ricardo Alberto y yo nos vamos a casar, nos amamos. —continúo orgullosamente Carmen Cecilia,
— Tú dependes de mis padres, si provocas problemas, si te acuso y mi papá se molesta, les retira el dinero y el empleo, se quedan sin dinero en tu casa. Por eso dependes de mi papá, el decide todo en tu familia…y de mí, gafita. Y tú eres un engreídito, pero también estás “mamandini”, te equivocaste conmigo, no dejaré que hagas lo que te dé la gana, respondió la dominante, con renaciente desesperación.
María Estela vio la palidez provocada por sus palabras, y amainó el manantial de sus rabias. Se sintió arrepentida. Todos guardaron un repentino silencio, que el jovencito interrumpió:
— ¡Yo me voy!
El cielo gris plomo se abrió con un refulgente rayo, acompañado de un poderoso trueno. Carmen Cecilia imploró:
— ¡Ay, no! Ricky, me dan pánico los truenos, va a comenzar la tormenta, la casa está un poco lejos, esperemos a que pase. ¿Si vamos de regreso y nos cae encima un rayote de esos? Leí en Selecciones de alguien que quedó fulminado, quemado de pies a cabeza, cuando caminaba por el descampado, y ni siquiera había tormenta. ¿Te imaginas?
— ¡Bueno, ya! Dije que nos quedaremos aquí, y tranquilitos, ¿0.K? Por favor estemos calmados.
María Estela se enderezó, acomodó su falda ancha de tela gruesa, limpió la tierra de sus zapatos y el cintillo de carey sujetó de nuevo sus cabellos castaños. Calló su verdad, mantendría la excusa de su acción, en su supuesto deber, de mantenerlos dentro del buen comportamiento y las buenas costumbres, de protegerlos. Aquella tormenta le daba argumentos para uno más de sus caprichos. Buscó en el gabinete de primeros auxilios lo necesario para aliviar las heridas de los pequeños rostros, que acarició con algodones y disculpas no pronunciadas, que sí sentía, pero que su altivez no permitía, nunca débil debía mostrarse.
—Pasaremos la noche y en la mañana saldremos al camino principal, y desde allí regresaremos a la casa. Diremos que nos perdimos en el camino, que ustedes se cayeron por el barranquito de los cultivos de flores de la tía Emilia, y buscamos refugio aquí. Todo por culpa de la lluvia, No sucedió nada más, nada más. Sentenció María Estela.
Los niños continuaban confundidos por haber sido sorprendidos y por la golpiza; no respondieron, sólo temblaban de frío y miedo. Las curas de la prima mayor los sosegaron, y ella les dedicó una leve sonrisa. Los aseó con una toalla húmeda del agua limpia de un tobo, los cubrió con unas colchas. La luz mortecina se filtraba por los tablones de los ventanucos rústicos. María Estela buscó el quinqué grande, que colgaba de la viga gruesa de madera, que encendido otorgó una sensación de protectora en esa atmósfera de humedad y tierra. El moho subía libremente por las paredes de ladrillos trabados, y cubría algunos rastrillos, palas, macetas rotas y bolsas de semillas de flores. La luz que se colaba desde la techumbre, iluminó garabatos de sombras en la rugosa argamasa. La fila de bachacos avanzaba, con su cargamento de trocitos de hojas, desde un hueco en la parte inferior de la puerta, hasta otro en la pared del fondo, enfrascados en otra escala de asuntos, indetenibles en su misión imperiosa, impregnada de tenacidad, de instinto, indiferentes ante las vicisitudes de aquellos humanos, quizás les parecían unos estúpidos, deshechos en egoísmos, apetencias, y tensiones carnales, sin destino útil. Los bichitos sorteaban los desniveles del piso de baldosas, con la destreza del alpinista valiente, enfundado en corazas, guantes, casco y cuerdas, subían y bajaban. El frío húmedo aumentó. Los jóvenes enamorados se juntaron y vieron inquisitivamente a María Estela, quien bajó su mirada, sintió celos de nuevo, por lo que ellos se otorgaban, vergüenza de sí misma, de sus deseos, de su ambigüedad, y calló. Vencidos, se durmieron, en un abrazo inquieto. La noche comenzaba a cubrir el aire campesino de la casa de los tíos paternos. Los rayos tejían una red de intermitentes hilos de plata, que contenía las aguas deseosas por escapar a los campos.
María Estela sacó del bolsillo de su falda uno de sus papeles azules, una carta, muy bien doblada, se acercó a la luz del quinqué, la leyó. Los papeles azules, sus compañeros silentes, los que le declaraban el amor que nadie le escribía, llenos de su propia letra apasionada. Sus amores imaginarios le rendían el tributo necesario a sus anhelos. Palpó el papel azul extendido, repasó la caligrafía que lo invadía, realizada con tinta negra de la pluma fuente, de oro y plata, regalo de sus lejanos quince años. Esa escritura tenía una sola interrupción, la huella desdibujada de una lágrima, ya vieja, ya seca; era la única textura, de aquel papel liso que apresaba el ondulante y erizado mundo emocional, de la joven inhibida, atrapada en roles sociales, conductas reguladas, la severidad de sus iguales, y su propio orgullo. Las cursivas se trababan en una continuidad de sensaciones voluptuosas, hasta el punto final de la declaración amorosa, en forma de diminuto corazón como firma del amante. Bordeó con sus dedos los cantos de la hoja, la olió, la selló con sus besos y la regresó a los pliegues previos del doblez, guardián de sus secretos.
Salió del depósito, cerró la puerta con mucho cuidado, atravesó el jardín, se dirigió a la entrada de la casona, alcanzó el buzón de correos, e introdujo el papel azul, muy bien doblado, que guardaba en el bolsillo de su falda. Regresó con sigilo al depósito, cuando estaba por llegar, vio una sombra pequeña y oscura esconderse tras los setos. Se abalanzó sobre las plantas, sin dudarlo, y agarró por los crespos cabellos a Celeste, la sirvientica de la familia y la espía implacable de todos los actos de María Estela.
—Condenada negra, siempre pisando mis talones. Espero que nada hayas dicho de lo mío con María Gabriela, espero que la tunda que te di haya sido suficiente.
—Amita, yo sólo esperaba darle una carta de ella, pero usté no estaba sola.
—Dámela.
María Estela leyó con avidez la carta de su amada María Gabriela, su rostro enrojeció como sangre derramada. Era una tristeza escrita apresuradamente, a escondidas. Las letras temblorosas lloraban una despedida obligada. El padre de María Gabriela la había llevado a Brasil, en un repentino viaje. Las lágrimas desdibujaban el sufrimiento escrito de María Gabriela, y los detalles del rapto, que separaba dos ilusiones y mutuos amparos.
María Estela miró fijamente a Celeste, rompió en pedacitos la carta y obligó a Celeste a comérselos, uno a uno.
—Ahora si estaré segura de tu silencio respecto a esto.
Asió por el brazo a Celeste y se encaminaron de nuevo al depósito, su orgullo ardía en su interior, sus planes nadie los alteraría, su voluntad y su predominio quedarían demostrados y asegurados a la mañana siguiente. Demostraría las ilusiones que inspiraba, que era importante, que su soledad no existía, que el desaire de Ricardo Alberto no la afectaba. ¿Qué era un detalle? Si, de detalles se construían los predominios y el respeto de sus familiares, lo tenía que consolidar.
— Siéntate en ese rincón, guarda silencio y duerme. —le ordenó a Celeste—. Y mañana, igual, te quedas muda.
Comenzó a llover, centenares de gotas caían oblicua y rabiosamente, como un ejército de agujas que azotaban árboles, hojas, tejas, paredes, ventanas. El agua cortaba el aire. La intensidad de los relámpagos arañaba el oscuro telón de fondo, de aquella repentina tormenta, ahora, la mejor excusa de retención de los primos.
Cansada, María Estela se lanzó al suelo. El frío no lo sintió, porque su alma, helándose toda, estaba más fría. Sintió la soledad inyectándose en sus venas como su nueva compañera. Sola soportaría las burlas veladas, las humillaciones incesantes, el desprecio de su padre, y el constante reto de ocultar su anhelo, pero no podrían contra ella. Traería de regreso a su María Gabriela, aunque comprendió lo difícil de esa aspiración. Mordió el sweater de lanita con fuerza y se cobijó en un lamento mudo, en recuerdos de amor y caricias, ternuras y suavidades.

El abrigo de la compresión no lo recibió jamás de su padre, sólo por haber nacido niña. ¿Cómo hubiera querido que se llamara? ¿Mario Estelo? Pues con gusto así firmaría, ella podría ser mejor hombre que él. Ella sabía proteger un alma indefensa, velar por ella, defenderla de los acechantes peligros, ser fuerte y proveerla de refugio. Ella daba amparo a María Gabriela y a su propia madre, aunque la despreciaba secretamente, por su debilidad, por su pasividad ante la infidelidad de su padre. Sentía ambivalencias también, hacia Irma, la odiada y admirada, la descarada amante, a la mujer de mundo, la que si era aceptada y amada por su padre. Irma intuía esa zozobra y sonreía con malicia. Durante la celebración de aniversario del club familiar, siguió a María Estela hacia el pasillo de los aseos, adrede la tropezó y la miró directo a los ojos, se inclinó, buscó las mejillas jóvenes y resbaló su boca sobre la de María Estela, sorbiendo sus labios en los suyos, pulposos, sabios; los separó un poco, libró viscosa saliva, y la recogió con lengua lúbrica, deslizada por el asombro y espasmo de María Estela sintió un fogueo ascendente por sus muslos y rostro Irma se irguió triunfante, se relamió lentamente, buscó su espejito y labial en el bolso de lentejuelas, dibujó de nuevo, con brillo sensual, su carnosa cavidad. La inocencia comenzaba a perderse, gracias a ella. Se miraron un instante más, Irma regresó al bullicio, dando la espalda a las urgencias sensuales y la turbación provocada en el pecho adolescente, ignoró rudamente aquel inicio de inquietudes voluptuosas.
Las sensaciones despiertas en María Estela sacudieron su cuerpo de forma desconocida. Sintió caer en un túnel de tonalidades azul cobalto, ondulantes e impregnadas del empalagoso perfume de Irma. Su desmayo lo evitó la aparición de Clarisa, junto a sus amiguitas, alegres y despreocupadas. Pocas veces hubo de agradecer, semejante presencia y atropello. Esas risas eran lanzas que herían hasta los mosaicos.
— ¿Qué te pasa? ¿Vomitaste? —preguntó la hermana—. Estás blanca como la pared.
—No sé, déjame tranquila. —refutó María Estela—.
Las niñas compartieron miradas interrogativas, y cedieron el paso a la mayor, a la incógnita que ya era para ellas. María Estela regresó al lado de su madre, sentada a la mesa decorada en barrocos plateados, grises y turquesas. Su madre era un objeto más de la decoración, de inexpresivo rostro, mirada extraviada, con una sonrisa vinotinto que contrastaba con una tez blanquísima, empolvada con papelitos de tisú, respiraba sin mover el aire, sin aspirar a nada. Los largos cabellos castaños estaban armados en un moño atado con cintas y peinetas. María Estela se sentó a su lado, aspiró su olor a talco de lavanda, esperaba que su madre adivinara su excitación, pero ella no lo hizo, no comprendió la confusión de su hija, quien tomó su mano con suavidad, sintió esa mano materna, huesitos cubiertos con terciopelo, la besó y alzó la mirada desde los muslos queridos. Deseó que la acunara de nuevo, que le dedicara un arrullo, pero en realidad, no estaba ahí, no para defenderla, ni para defenderse, sólo respiraba y respondía las superficialidades aceptadas, las banalidades convenidas. Se incorporó María Estela, acercó aún más su silla, a la de su madre, le acarició el cabello, y decidió, en cuanto estuvieron un momento a solas, insistir:
— ¿Mamá, me puedes escuchar? ¿Quién es esa Irma? ¿Por qué habla tanto con papá? —preguntó —. Ella me incomoda, ¿Por qué puede entrar al club, si no es socia? Mis tías callan cuando ella se les acerca.
— Hija, esas son cosas que no te puedo responder. —Respondió Eugenia—.Tal vez, cuando seas tengas más edad, comprenderás.
— ¿No te importa que le preste tanta atención? —continuó María Estela—. A mí me desagrada.
Eugenia le sonrió levemente, giró su mentón y lo elevó en un gesto de orgullo y pretensión. Circunspecta y con una correctísima postura, indicó a su hija, que el decoro era su compañero imprescindible. Los ojos de la esposa, retornaron a su pálido e inerte color gris. Suspiró y detuvo un llanto quedo. María Estela guardó ese retrato de abandono en su memoria, forrado en sufrimiento. Amaba a su madre, la necesitaba, pero comprendió la imposibilidad de ser correspondida. No sintió odio, sintió la más profunda conmiseración hacia ella. Esperó con estoicismo la conclusión del festejo, sentada al lado de su madre. Sus silencios contrariaban la diversión. María Estela comenzó a ser María Estela.
Las risas de Clarisa retumbaban por todo el salón y el jardín principal. El baile era una alegría para ella, delgada y alta. Su cabeza, envuelta en bucles rubios, saltó con cada nota musical diestramente. Su vestido amarillo naranja y con bordes de encaje blanco, flotó alegre toda la tarde y jugó con la musical noche. Era ajena al conflicto de su hermana mayor, ella era ajena a todas las posibles contrariedades de la vida.
Llegó la hora de la retirada, cuando el padre, Pedro Mario, regresó a la mesa donde estaba su esposa e hija, y les dijo:
— Debemos regresar, ya es muy tarde. Busca a Clarisa. —se dirigió a María Estela—.Tú Eugenia, acompáñame al parking, ahí nos espera Luis para llevarnos a casa.
María Estela se encaminó hacia la saltarina Clarisa, pero se detuvo un momento, se sentó en una sillón del salón y vio a Irma reír, la contempló con lujuria, paseó su mirada por el torneado cuerpo, ajustado a un ondulante vestido azabache, salpicado de lentejuelas; vio cómo el pulso en las venas de su muñeca se aceleraba; deseó besar de nuevo esa boca, de saciar el deseo de tocarla más. La hiedra de la confusión se adhirió a sus vísceras. Estaba absorta en sus sensaciones, cuando Clarisa le golpeó por la nuca, María Estela percibió sus pensamientos derramados por el suelo de granito, se incorporó con furia, alcanzó a su hermana, le pellizcó la oreja y sentenció:
— ¡Vente ya mocosa! Papá se quiere ir a la casa.


Las lágrimas silentes ya resbalaban de sus ojos hasta sus oídos, ensordeciéndola en húmeda pérdida y le sugirieron despertar. Estaba sumergida en un oleaje de sentimientos, rabia, tristeza, impotencia, confusión, indefensión, y revancha, coronadas con espumas de esperanzas por rescatar a María Gabriela. Decidió que la traería de regreso, sí, a su María Gabriela, aquella piel amada y adolescente, maltratada por el tirano Gouveia, pero comprendió lo difícil de esa aspiración. Regresar aquellos perfumes de amor puro, el que sella la esencia del ser. Esa noche se tenía que conformar con remembranzas de caricias y pasión.
Recordó el primer roce de manos en el salón de piano. Sonó el timbre de recreo y no lo escucharon, el latido de sus corazones invadió sus miradas y palpitó en labios y mejillas. El suelo de granito se desvaneció en nubes blancas.
— ¿No escucharon el timbre? ¿Se quedaron sordas con tanto desafinar el piano? No tienen manos, tienen garras. Tu papá, María Estela tendrá que reponerlo si lo dañas. —dijo la compañera amargadita—. No sé por qué vienen al salón de música.
— Claro, el señor Pedro Mario, porque el papá de María Gabriela no tiene dinero suficiente para un pago tan alto. “Gabi Pocacosa”. —añadió otra colegiala engreída y de manos delicadas, que miró burlonamente a la portuguesita. —Quizás amasas bien el pan, pero lograr una ejecución trascendental como Liszt, es mucho para ti, nunca lograrás la perfección de Mozart, ni siquiera escribes bien sus nombres. Por cierto, tampoco tienes nombre de portuguesa, María Gabriela es nombre italiano.
— Déjala chica, gritó la amargadita, en realidad su nombre alude a las cuatro estaciones, primavera, verano, otoño e invierno de Vivaldi, sólo que traducidas: pocacosa, velluda, obtusa e imbécil. ¡Ja!
— Si, es igual a Estela, “es tela que cortar”, rió a todo pulmón, la engreída.
María Estela gritó, en el momento en que se iba a levantar para golpear a las agresoras, entró la monjita de música y las regañó:
— A veces pienso que no puedo confiar en ustedes, no puedo dejarlas solas ni por un instante. ¿Por que gritan tanto?—Y luego de percibir un odio que competía con la densidad polvo flotante en el salón, añadió con voz severa—: Si vuelven a gruñir como perros, tendrán que asumir las consecuencias… ¡Salgan al patio!
Las niñas altivas salieron, alegres, rumbo al aire fresco de esa mañana significativa en las vidas de las Marías, que recogieron sus libros y útiles, de manera pensativa, bajo la mirada compasiva de la monjita de música quien esperó en silencio por ellas, y bajo el dintel de la puerta ancha, presintió dolores para aquellas pieles jóvenes, pero sólo señaló:
— María Estela, te dejo que conserves las llaves del depósito de instrumentos, pediste estar designada semanera, y no te relevaré el deber — Continuó con caridad, —: Eres inteligente, aplicada, provienes de culta familia y no desmereces de esa condición. Sé responsable de esta encomienda, también y no pelees con las otras colegialas, bajo ninguna circunstancia. Recibirás buen premio al final del año escolar. Recuerda proteger las arpas con las frazadas y colchas, sabes que son de madera muy delicada.
— Si Madre, en cuanto pueda me encargo. —Tomó las llaves y añadió con firmeza, —: Gracias por la confianza.
María Gabriela guardó silencio en todo momento, con la mirada baja. Sentía un dolor punzante en su garganta, una opresión en el alma. Siguió los movimientos de María Estela de forma lenta, cargó con sus cosas, arrastró su desconsuelo, las dos salieron, junto a la monjita, al jardín de entretenimiento, a la luz cálida, que por momentos se escondía entre las ramas de las acacias, y subía por los pinos.
Era una luz niña feliz en el recreo, que retaba en juegos de sombras, a las horas. Resbalaba entre las alitas tornasol y piquitos largos de colibríes, adivinadores de los mejores néctares. Dibujaba con pinceladas escarlatas y naranjas, flores de copas alternas, bailaba de hoja en hoja, reía, saltaba y afilaba lanzas frágiles de capullos, que herían la brisa, desesperada de dolor, buscaba alivio en las aguas saltarinas de la fuente. Aparecieron escandalosas plumas marrones, que merendaban alegremente la flor del mango, como comadres en bautizo, también los cucaracheros, ladrones de alpiste. Jade, bambú y chifleras, más que lirios y guedelias, se mecen cantando gracias. El agua de riego y las bellas de las once, anunciaron el final de la distracción, las alumnas se retiraron, y la sombra invasora aún del patio, las imitó y se escurrió rauda por sobre sus muros, dejó sólo pequeños claroscuros, impregnados de verdes aromas.
María Gabriela se incorporó del banquito de concreto, secó sus lágrimas, tomó la mano de María Estela, buscó su firmeza y protección. Subir al aula, pensar en ese ambiente hostil, le hacía temblar. Su amiga la abrazó y así, abrazadas, subieron, de últimas, las escaleras al rojo desafío.
El salón de clases se comportó con relativa normalidad, quizás la Hermana Teresa había puesto coto a las perturbaciones, que sufrieron las Marías, el descontrol no tenía cabida bajo su dirección. La discreción y disciplina eran, ante todo, era el objetivo de su conducción. Terminó la jornada, la salida se realizó ordenadamente, bajo miradas supervisoras. Una vez fuera de la escuela, conversaron las niñas:
—No tengas miedo Gabi. —dijo María Estela, acariciando el rostro fresco. —La próxima semana comienza el teatro y nuestra actuación será impecable. Ya escucharás la vibración de múltiples aplausos.
—Y los exámenes también, ya no tengo ánimo de estudiar. —respondió María Gabriela, con sudor en las palmas.
— Nada de miedos o desánimos. Yo he estudiado todos los temas, son fáciles y te ayudaré. Ahora que tengo las llaves del depósito de música, podremos estudiar allí, las materias, la lección de piano y las escenas que nos tocan de la obra teatral. Después de clases, pedimos permiso, ya que somos semi internas, justo al terminar de almorzar nos quedamos. No me van a negar el permiso, porque he acumulado muchos puntos de buena conducta, y tú te has cultivado estos últimos cursos, no eres la misma portuguesita de primer año. —respondió María Estela.
— Sí me he esforzado, pero no creo que a mí me otorguen ese permiso, hasta me castigaron detrás de la columna del aula, por haberme quedado dormida. No podía ver el pizarrón, y cada vez que me inclinaba para poder copiar, me llamaba la atención la maestra Carmen Coromoto. Menos mal que ella no tocó en tu sección, me tiene púrpura de tanta reprimenda, me avergüenza delante de todas las demás alumnas. Creo que me odia, y yo no le he hecho nada, no entiendo. —respondió María Estela. —Será que no tiene esposo que la atienda y descarga su histeria con quien puede, con el más débil a su alcance. Tú me has dado tranquilidad y paz, la que no tengo ni siquiera en mi casa, mi padre me hostiga. Estoy comenzando a desesperarme.
— ¿Por qué te dormiste en clase? —preguntó María Estela.
— Tú sabes, mi padre tiene una panadería, “La Gouveiana”. Para ahorrar gastos en empleados, me obliga a trabajar junto a los panaderos en las tardes, cuando regreso del colegio, hasta la madrugada. Por supuesto, no duermo, al amanecer, me lavo un poco la cara, me pongo de nuevo el uniforme escolar, busco los libros, y salgo a clases. —respondió María Gabriela. —Ese día del castigo, el mes pasado, no soporté y me dormí, estaba rendida, no podía más, pero si digo lo que me pasa, todas se burlaran de mí. Carmen Coromoto no tuvo otra mejor idea, que hacer que me colocara de espaldas a las compañeras, pegada mi nariz a la pizarra, luego preguntó a quién le interesaría ser amiga de una sonámbula, quién jugaría en el recreo con una muchacha tan sucia y lagañosa como yo. Guardaron un breve silencio, para comenzar a canturrear por lo bajo: “gabi pocacosa, gabi pocacosa” Te puedes imaginar el ardor que sentí dentro de mí, quise morir. Lloré, casi entré en shock, y me escapé, corrí hacia el pasillo. Me escondí en el baño. Dos alumnas me siguieron y golpearon todas las puertas de aluminio, con sorna repetían la cancioneta burlona. Grité desesperada, cuando ya estaban por llegar adonde estaba esta pobre cosa mocosa, pero sonó el timbre de salida. Ellas callaron y se fueron. No recibí ayuda alguna. Esperé un rato, me lavé la cara, con frenesí, tratando de borrar toda mi vida, de rebautizarme como otra persona, con otro destino. Traté de apagar el fuego de mi infierno con aquella agua muda, inexpresiva, fría e inconmovible como el destino o la cruel naturaleza, sólo los más aptos sobreviven, por lo visto, yo era el pollo defectuoso, el que pueden extirpar de la comuna con autoridad los hábiles, cual espartanos de la lección de la lección de historia universal. Querida amiga, mejor no te juntes conmigo, quizás te hagan daño a ti, por mi culpa. Eso no sería agradable y me entristecería ser la causa de algún desprecio, desaire. Deben tener razón, debo ser verdaderamente indigna, torpe, en vista de que hasta mi padre así lo piensa, porque ni el pan me sale bien. No me explico cómo mis dedos se deslizan muy bien sobre el piano, y no por la masa, eso es un misterio para mí, leo partituras para varias voces e instrumentos. Un día me colé detrás del escenario, vi el piano de cola, me senté en la banquetica, me enderecé lo más que pude, pues era muy baja, estiré mis dedos y comencé a teclear. Debo haber llamado la atención de Sor Guillermina, la monjita de música, pues se apersonó en el sitio, pero no me amonestó, esperó que sintiera el peso de su mirada, y cuando lo hice, nerviosa, m separé del piano. Ella sólo me preguntó si me gustaría aprender, le respondí afirmativamente. Me aceptó en su salón, con la condición de que limpiara los instrumentos, después de cada clase, ya que mis padres no podrían pagar esa instrucción adicional. Acepté encantada, ha sido lo mejor que me ha sucedido, tengo un lugar en la presentación teatral de aniversario del colegio, al piano, con un personaje importante a interpretar y, te conocí. Es una alegría, pero te dije, me angustia que mi amistad, sea inconveniente para ti.
— ¿Tú crees eso? — Dijo María Estela, —.Yo no, a mi nadie en este colegio me va a imponer restricciones. Si quiero ser tu amiga, lo seré.
— ¿Te parece? — Respondió María Gabriela, —. Me asusta contrariar a los demás, no me siento digna, pero si tú lo quieres, seremos amigas, las mejores. ¿Sabes? Podríamos llamarnos las “elas”, nuestros terminan en “ela” ¿Te diste cuenta? —. Una risa fresca impregnó sus hálitos, cual limonada de yerbabuena.
La mañana siguiente reiniciaron sus quehaceres escolares, con ánimo y entusiasmo, el resto de los terrestres, parecían títeres mudos, de otras realidades extrañas a la que ahora les pertenecía a ellas, la de la íntima amistad, que tanto bien les otorgaba. Los días se convirtieron en eslabones de sus complicidades, confidencias, y compases de su creciente afecto. Trabajaron, estudiaron, ensayaron y practicaron con ahínco durante esos meses. Se prepararon para exámenes, presentaciones, el concierto y el acto cultural, que resultó lucido, sobrio y de calidad. La modista de María Estela atendió con celeridad sus exigencias para el vestuario de la puesta en escena. Cumplió los encargos de terciopelo, raso, encajes y armadores. Las particularidades fueron cuidadas con exactitud. Celebraron las niñas su éxito:
—Fuimos las protagonistas perfectas. Me apropié de la personalidad de Rubens, con toda facilidad. Fue un paseo ligero al siglo XVII, y tú mi dama, una verdadera Isabella Brandt, espléndida en tu traje de brocado entallado— expresó María Estela.
— ¡Sí, excelente! Dile al fotógrafo que nos retrate con el telón de fondo, antes de que se marche, a ti te hará caso— rogó María Gabriela.
La imagen reflejó los colores refinados escogidos, acordes con el estilo barroco de la pieza teatral. La pose remedó la grandilocuencia de esa época. El caballero, interpretado por María Estela, con su dama, la Isabella esposa, encarnada en María Gabriela, tomaba la mano delicada y exigua, afectada y romántica, seria y superflua. Ella con un poemario de sobre su regazo, abierto el libro en los versos predilectos de María Estela. Los trajes de pana y raso brillaban en ocres, rojos, marrones tostados y verdes esmeraldas, rebordeados por encajes dorados. Sus siluetas flotaban sobre un tapiz, remedo de un bosque de cipreses y álamos.
El fotógrafo sonrió con la cursilería congelada en su instrumento, las jóvenes también, la fantasía de ser otras personas, les parecía entretenida. Rieron felices y se encaminaron hacia los vestuarios, se cambiaron y Luis las llevó de regreso a sus casas. Dentro del auto, conversaron con ánimo:
— Yo te ayudo con la tarea de matemática y tú has los dibujos de artística, por las dos. Cuando te toque ir al pizarrón, fíjate en la secuencia de las operaciones, y sólo te aprendes de memoria la que te va a tocar, sin nervios, dibujas los números, mami, eso es todo. — rio María Estela con María Gabriela, tomadas de la mano. — Llegamos, relee las obras de Rubén Darío, que te di, y escoge el poema que te guste más. ¡Chao!
—Hasta mañana, te llamo por teléfono, si acaso no puedo terminar las láminas, y para ver cómo estás. — Dijo María Gabriela, quien besó la tez de su enamorada, con cariño—.
La ilusión de María Estela la hacía resplandecer, irradiaba felicidad, cumplía con todas las encomiendas escolares con eficiencia, y prontamente, para tener tiempo libre del cual disponer para subir al depósito de música, arreglarlo y limpiarlo, con la ayuda de la bedel de ese piso y la lavandera, cuya simpatías se ganó con chucherías y caramelos. El polvo fue exiliado del santuario que ella estaba creando, para su amada. Las colchas protectoras de los instrumentos, fueron reemplazas por unas nuevas y mullidas frazadas de lino y algodón, blanquísimas. Quiso el piso fregado con agua de jabón de almendras, y las mujeres protestaron:
— Mire, señorita, el jabón de almendras no es para pisos.
—Yo quiero que laven el piso y las paredes, con ese jabón, mucho cuidado, estos son objetos muy delicados, pues voy a traer a este deposïtum, el más delicado de todos los instrumentos. — Dijo María Estela, con desenfado—.
Ordenó que las cortinas del ventanal doble alto, las lavaran y las tiñeran de un azul cielo, y la cenefa de azul índigo.
— ¿Y los almohadones para qué?
—Para apoyar las arpas, ya lo dije, son instrumentos preciosos, y yo amo la música. — Respondió con paciencia María Estela —.
Terminaron las encargadas la tarea del aseo, después de la hora de salida. María Estela subió las escaleras y al entrar al cuarto, vio reflejada una gota que caía del dintel del ventanal, en el óvalo del espejo desvencijado. Aquel residuo de lluvia simbolizó, para ella, la cristalización de un sueño. Inspeccionó lo ejecutado, repasó el plumero por el vitral, cerró la puerta, guardó las llaves en su cinturón, y despidió a las mujeres:
—Muy bien, lo hicieron muy bien, daré el reporte a la hermana, pueden irse. — Ordenó María Estela —.
Las lecciones flotaron sin interrupción y llegó el instante indicado, el timbre de las cuatro, sonó. Libres, corrieron escaleras arriba, hacia el cielo de sus ganas desbocadas.
La piel de las mejillas de María Gabriela resplandeció a trasluz del vitral, la suavidad de sus vellos teñidos de dorados y carmesí, conmovió a María Estela, quien veía resbalar sus dedos por aquella tersura inocente desde el rostro delicado, hasta los largos y delgados brazos. Subió su abrazo con suavidad al cuello, lo sostuvo entre sus manos, contempló los ojos almendrados, le detalló cada milímetro, su mirada besó cada pestaña, se deslizó por los bordes internos de los párpados, toboganes húmedos, que la atrajeron en giro hacia el pozo verde y azul, iridiscencia concéntrica e hipnótica. Cayó en la profundidad de la ternura de su amada, resbaló, sin saberlo, hacia su perdición y esclavitud. Por primera vez María Estela recibía amor, caricias, sin imponer su temple para obtener su exigencia, conoció el encanto de una entrega con alegría, el anclaje de un alma a la otra, estaba realizado. Palpitó su corazón, al sumergirse en la selva virgen de emociones de la niña. Sorbió el lóbulo y el pendiente de la oreja, saboreó cada repliegue y entregó el murmullo suave de un “mi amor”, de un “mi vida”. Apretó contra su pecho el cuerpo adorado, las nalgas redondas, y desvistió la piel de las vergüenzas de la desnudez. Ambas se cubrieron con sus aromas genuinos, perfumes verdaderos y auténticas esencias. Sintió María Estela el deseo de poseer completamente, aquella dulzura, que se le entregaba ansiosa, pasiva, tomarla para sí, marcarla como suya. Los muslos cálidos de María Gabriela se mecían al ritmo que imponía su enamorada, obedecían su voluntad, sumisa María Gabriela se dejó acariciar, besar toda. Los senos y caderas, danzaron en ondas debajo de María Estela, las entrepiernas se abrieron y ofrecieron los labios protectores de la perla intacta, descubierta por la lengua diestra de María Estela. Gozó poseedora y poseída, del manantial naciente de pasiones.
La brisa abrió el ventanal de colores intensos y se unió al retozo, como una intrusa y coqueta ninfa, encantada con el deleite. María Estela entró en María Gabriela, junto a la luz clarísima, de esa tarde de Abril.

Pedro Mario, ese viernes, había ido junto a Eugenia y a Clarisa a Valencia, pues ese fin de semana una prima se casaría. María Estela no fue, escudándose en los exámenes por venir. Invitó a María Gabriela a almorzar a su casa. Merendaron en la terracita de la piscina, compartieron risas y dulces, despreocupadas y divertidas. Las empleadas fueron relevadas de sus obligaciones por María Estela, quien les otorgó el resto del día libre. Sin testigos, ni empleadas, ni Luis el chofer, ni sus padres ni la odiosa Clarisa, la casa se convirtió en la plácida alcoba de un amor juvenil, necesitado y aceptado.
El empresario, recibió la noticia de la inminente quiebre de un cliente importante, decidió regresar a atender esa emergencia, pues le podría causar daños severos a la suya, y la venta de esas acciones, gestionadas desde algunos días, con gente de Los Ángeles, debía concretarlas, de prisa, tenía que aprovechar la ventaja del horario. Así, había llegado antes de lo previsto a la casa, despidió al chofer Luis, que debía traer de regreso a Eugenia y a Clarisa. Entró, llamó a María Estela y la buscó en su dormitorio. El dueño de casa se extrañó por la oscuridad reinante en la casa. Las luces no habían sido encendidas. Su extrañeza aumentó al escuchar risas en la única habitación iluminada, la de huéspedes. Volvió a llamar a María Estela, y tuvo por respuesta un silencio absoluto, ni los grillos del jardín se atrevieron a cantar. Las amantes se apresuraron a apagar las luces, pero el padre ya había visto el resplandor, y su extrañeza aumentó, subió las escaleras, casi en saltos por encima de los escalones, abrió la puerta y encendió la luz. Allí las vio. Desnudas en la cama. El humo de los cigarrillos se disipó asustado, se metió debajo del papel tapiz, y dibujó temblorosas filigranas grises en el fondo rosado de la pared. María Estela y María Gabriela se plegaron como un ovillo, para cubrir lo descubierto. El hombre se irguió en toda su estatura, avanzó hacia la cama, y agarró a María Gabriela por los cabellos y dijo:
— Vete de mi casa, toma tus ropas y sal inmediatamente, si no quieres que le diga a Luis que se encargue de ti. — Dijo mordiendo las palabras— ¡Vete!
Él volteó hacia su hija, la sacó de la cama y la llevó a rastras hasta el baño anexo. La empujó a la esquina de la ducha, y con su cinturón comenzó a golpearle todo el cuerpo, las axilas expuestas a los maltratos, semejaban al Cristo torturado sin razón, con el torso bañado en las escarlatas de las torturas, próximas a la muerte. Las manos de María Estela buscaron algún asidero en la grifería y el agua tibia los bañó.
Celeste, quien desobediente no se había marchado de la casa, irrumpió e imploró a su patrón perdón para su niña. Recibió también un puño, eso hizo reaccionar a Pedro Mario, agotado ya. La sirvientica desde el piso alfombrado miró a su patrón, con miedo, angustia y docilidad, así, apaciguó la bravura del hombre, quien salió de la habitación, con una mano sujeta a la correa y la otra sobre su rostro, como contenedor de un horror, por su acto, los actos de su hija, y por la imperfección descubierta.
La ayudante cubrió con una toalla a María Estela, suavemente, sin hablar, la ayudó a regresar a la cama. Las sábanas se convirtieron en un sudario más, uno más de tantos que la humanidad, ha visto brotar. Agua y sangre. María Estela se acurrucó, Celeste, arropó a su niña con una cobija gruesa, apagó las luces del techo, y encendió la lámpara de la mesita de noche. Le acarició los cabellos. Fue a la cocina le preparó un tilo con azúcar y se lo dio a beber, calientico, para contrarrestar el dolor del maltrato. Corrigió el desorden, se sentó en la mecedora, se arrimó una colcha sobre sus piernas. Durmieron en el mismo cuarto, quietas, sólo se escuchaba el silencio de una noche triste.
La mañana se presentó en la casa, cuando ya Celeste lo tenía todo a punto, en ese sábado de soledades, desayuno a la mesa para sus patrones, en cuanto quisieran. Llegó primero Pedro Mario, e hizo que Celeste llamara a María Estela, quien tardó en hacerlo. Celeste la acompañó ante la presencia aterradora, y se apresuró a completar la disposición del servicio. Frente a frente, el silencio se tendió, como un cable de alta tensión entre las conciencias de padre e hija. Pedro Mario resopló, con aliento de azufre y alquitrán, unas agrias palabras:
— ¿Por qué caíste en eso? Las maricas son unas asquerosas. Has tenido una educación excelente, te he dado todo, he complacido tus caprichos. Sobre ti están mis expectativas, eres la mayor, debes ser el ejemplo —dijo, procediendo a tomar el café con leche—.Come, necesitas reponerte, no haremos caso de lo ocurrido. Seguro fue la tentación en la que te involucró esa hijita de panadero. Le pregunté a Celeste sobre esa ella, no es nadie, no tiene importancia, tú sí la tienes para mí. Te perdono. Lo primordial ahora es recomponerse. En dos semanas terminas los exámenes y el año escolar, te irás a temperar a la casa de campo de tus tíos, las vacaciones allá te harán mucho bien. Te alejarás de toda degradación, te distraerás sanamente, respirarás aire puro, del campo y de las montañas cercanas. Haremos los preparativos desde hoy mismo. Ya hablé con la tía Emilia, está encantada con la idea y va a preparar el cuarto grande para ti sola. Descansarás y reflexionarás, acerca de tu comportamiento, de lo conveniente de controlar tu conducta irascible, claro, para ti misma. Debes hacerme una promesa, no volver a tratar con esa muchacha, bajo ningún respecto. Lo que ganarás al cumplir con esta promesa es mi respaldo incondicional ante la familia. Eso, sé que te gusta, y todo tiene un precio, este, debes pagarlo. Si no lo haces, tengo a Ricardo Alberto para sustituirte. No dudaré ni un instante en hacerlo, tenlo por seguro.
María Estela había guardado silencio hasta ese instante. El nombre pronunciado por su padre le revolvió todos los sentimientos encontrados que ese primo le producía.
— ¿Qué? Eso sería una injusticia, yo soy tu hija. —dijo María Estela, y se levantó de la silla—.Siempre me he esforzado por complacerte.
— ¿Y lo de anoche? Eso fue una sorpresa tremenda para mí, y no precisamente para complacerme—dijo Pedro Mario, colocó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante—. Debes erradicar ese comportamiento, a mí no me vas a causar vergüenzas. Si te vuelves a atrever sufrirás las consecuencias. Las normas las impongo yo, a estas alturas, deberías tenerlo claro, por lo menos yo lo creía. Rectifiquemos entonces el rumbo. Te repito, me prometes que te dejas de desviaciones por el resto de tu vida, te centras en los estudios, te preparas para el control de la familia, la empresa, y yo te aseguro esa posición de dominio. ¿Qué respondes?
—Está bien. — dijo María Estela, quien bajó la mirada y sintió una ansiedad recorrer sus nervios, producida por la mentira hecha a su padre. No tenía la menor intención de cumplir con aquella exigencia —.
— Muy bien, esto queda ente nosotros—respondió Pedro Mario —. Voy a la oficina, pues tengo asuntos importantes por resolver. No me defraudes, ten cuidadito.
María Estela vio como su padre se retiraba, continuó sentada con una pierna cruzada sobre la otra, con el tobillo derecho encima de la rodilla izquierda, casi en ángulo. María Estela, ya masculina, mantuvo un desafío silente a su progenitor. Se acarició el rostro, se tocó el pómulo hinchado, adolorido e ignorado por su padre, como si nada le hubiese hecho. Respiró, haló hacia sí misma, el olor de la naranja en jugo, dejó que el dulce de la mermelada le untara la falta de cariño, comió los panecillos de mantequilla y decidió planear mejor sus encuentros con María Gabriela, el regreso de su padre a deshoras fue un imprevisto, que demostraba cuán cuidadosa debía ser en adelante. Agitó su cabeza, alzó la y extendió sus cabellos con el dorso de sus manos, hacia su espalda, sobre la que no permitiría que pesara el desamor. Terminó con calma su desayuno, limpió sus labios con la servilleta de tela beige, se acarició la barbilla, fijó el pulgar y rodó sus otros dedos hasta la unión de la mandíbula firme con la base de su cráneo, y se levantó de pronto. Sintió odio y celos, Ricardo Alberto no la iba a sustituir tan fácilmente. Ella consolidaría su prevalencia. Llamó a María Gabriela por teléfono, desde el cuarto de servicio, y habló en voz baja:
— ¿Cómo estás, amor? Perdona lo que hizo mi papá anoche —dijo María Estela —. No sucederá nunca más. Iré más tarde a tu casa, llegaré a las cinco. No…en él no confío, Luis es un traidor, además está en Valencia, para traer a mi mamá y a Clarisa de regreso… voy caminando. Pasaré por la panadería para verificar si tu papá está allí. Deja la puerta de atrás semi abierta, subiré hasta tu cuarto…sí, te amo…no, no llores por favor… espérame…sí, llegaré a las cinco, estaremos solas y podrás besarme.
Se despidieron, hasta entonces, con los suspiros entrecortados por el llanto amargo de María Gabriela, y su ruego por estar abrazada a María Estela, de nuevo.
Puntual llegó a la cita, subió las escaleras sigilosamente, sus zapatos de goma, elásticos, la acompañaron hasta el cuarto pequeño y descolorido de María Gabriela, quien estaba tendida, de lado, en la cama estrecha, con una sabanita de algodón estampado en florecitas diminutas. Una mesa baja y redonda la acompañaba, cubierta con un mantelito de tejido de punto, un vaso de agua, a manera de florero sostenía una rosa roja. Se abrazaron inmediatamente, y María Estela recibió sobre sus hombros el llanto de María Gabriela, la consoló, y para hacerlo sonreír, le mostró otro poemario:
— Mi amor, te pido perdón de nuevo por lo que hizo mi papá anoche —dijo—. Te juro que no sufrirás nunca más, ni una sola humillación. Yo te protegeré siempre.
— Tengo mucho miedo, hace rato vi a Luis, tu chofer, hablaba con mi papá, allá abajo en la panadería; ellos no me vieron, y llamaron a mi mamá. — respondió María Gabriela—. Sonó el teléfono, corría a atender, y eras tú. Me encerré aquí de inmediato, no veía el momento en que llegaras, qué angustia, me van a pegar, seguro.
— Nada de eso. — la tranquilizó María Estela. —Mira te traje otro poemario, este es más romántico, es Rubén Darío, te leo:
VARIA
La copa de las hadas


¿Fue en las islas de las rosas,
En el país de los sueños,
En donde hay niños risueños
Y enjambre de mariposas?
Quizá.

Las hadas -aquella tropa brillante-
Delia, que he dicho
Por un extraño capricho
Fabricaron una copa.

La copa hecha, se pensó
En qué se pondría en ella
(que es el todo, niña bella,
De lo que te cuento yo).

Una dijo: La ilusión.
Otra dijo: la belleza
Otra dijo: la riqueza
Y otra más: el corazón.

Y esta copa se guardó
Pura, sola, inmaculada,
¿Dónde?
En una isla ignorada.
¿De dónde?
¡Se me olvidó!...


— Mi vida, esta es la copa de nuestro amor—dijo—. Marcaré estas páginas con dos hojitas de esta rosa tuya. Eres mi delicia y mi felicidad. Yo te protegeré siempre.


Aquel depósito de herramientas, mohoso, sucio, contrastaba con la pulcritud del depósito de instrumentos musicales, donde armonías, ritmos y cadencias, descansaban en espera de nuevas melodías. O con el cuarto de María Gabriela, pequeño y cálido. El vaho de las respiraciones, atrapado en las burdas paredes, se aunó a las lágrimas de la joven y la sumergió en una pesada pena, que evaporó su conciencia. María Estela durmió intranquilamente, sobresaltada por truenos y secretas angustias, tuvo por cobijo a la soledad, su compañera inexorable, la devastadora de su existencia. A las pocas horas, suspendida la tormenta, despertó bruscamente a sus primos, antes del amanecer, corrieron hacia el camino principal, allí esperaba el papel azul ser descubierto, como carta de amor para María Estela, embebido de mentiras ansiosas.
— ¿Ven? Si tengo un amor —dijo María Estela, procediendo a leer la misiva—.Son testigos, ahora, de los sentimientos puros que inspiro.
Los niños se alzaron de hombros, escucharon los detalles amorosos y cuando el relato concluyó, se encaminaron fastidiados hacia la casa a recibir los regaños predecibles. Eran las víctimas consecuentes de la prima tirana, quien se presentó como la salvadora de unos niños traviesos. Esas vacaciones pasaron, pero lo que ella estableció como sus normas, no.

María Estela se prohibió a si misma enamorarse de otra persona distinta de María Gabriela, se dedicó a los estudios, se convirtió en una profesional perfeccionista, economista, y mujer de negocios, se dedicó a las entidades bancarias pertenecientes a la familia, algo inusual para la sociedad de su época. María Estela organizó su vida de manera impecable y obsesiva. Pasaron los años, con eventuales cartas a María Gabriela. El servicio fiel de Celeste estuvo a su lado en todo momento.
Pedro Mario y Eugenia, participaron en el proceso electoral del año 1963, su partido político ganó la contienda, pero las celebraciones del éxito terminaron infelizmente, para ellos. La tarde siguiente se tiñó de su sangre, atrapados en su Dodge Dart, cuando iban de regreso al hogar, luego de una cena en un hotel citadino, de moda, en la ciudad de Caracas.
María Estela heredó la riqueza y la responsabilidad, el poder y la jefatura. Clarisa tembló al ver que su hermana no lloró, ni siquiera en esos momentos de dolor, de pérdida, y tembló por su destino. El yugo.
El control que ejerció la hija heredera de las empresas era acucioso, así como el de su familia, a la que controlaba hasta en la disposición de matrimonios, como el de Clarisa con Juan Ernesto, quien no le agradaba demasiado, pero no representaba amenaza alguna, era más bien tonto y sobre todo con los números.
Aconteció la boda de la hija menor con decoro y sin mayores lujos. El cardenal bendijo a los novios y a María Estela, quien despidió a los invitados agradeciendo su asistencia. El austero festejo tuvo lugar en los jardines casa de Campo Alegre, donde se dieron citas primas y familiares.
Carmen Cecilia y Ricardo Alberto se reencontraron en el arco de la puerta principal de la casona. La pasión no se había extinguido.
—Hola, sabía que te encontraría esta noche, dijo Carmen Cecilia.
—Todos los besos los he reservado para ti amor, le murmuró al oído Ricardo Alberto—.Los años han hecho crecer mi pasión por ti.
—Vamos a saludar a las primas y nos vemos en el dormitorio de los tíos. María Estela lo conserva en orden, pero no lo visita, ahí estaremos seguros, está distraída.
La animación de los reencuentros fue aumentando. La sala contigua a los jardines reía con los invitados, hacía mucho tiempo no albergaba convidados, ni ofrecía finos obsequios.
La habitación principal no estaba cerrada, Celeste entreabrió sus puertas con antelación, y cómplice de Carmen Cecilia, dejo la llave sobre la consola del pasillo, debajo del tapete del florero de murano.
Carmen Cecilia llegó al cuarto y se dirigió al baño privado, refrescó sus muñecas y su cuello. Soltó el moño, deslizó el peine por sus cabellos, como el tiempo se desliza entre las vidas.
Las dedos de Ricardo Alberto se enredaron en los castaños bucles amados de su Carmen Cecilia, los olió, inspiró su perfume a almendras, cerrando sus ojos sonrió sobre las tersas mejillas, encontrando los labios tibios que se le ofrecían alegres.
La música invadía la casa, que acompañaba en su alegría a sus habitantes de esa tarde, y las almas de los amantes enfundadas en piel, vibraban de amor y placer.
María Estela recibió de manos de su asistente una carta sellada con unas iníciales atrapadas en lacre. Eran las insignias de su amante, María Gabriela, sinuosos dibujos de su romance. El decimotercer signo del alfabeto, seguido del séptimo, estaban enlazados en cursivas inclinadas a la derecha, inscritas en bermellón derretido, sellaban en secreto, nuevas de su adorada. Se retiró discretamente a su estudio, el que inundó de agua de lágrimas, ya neblinas del tiempo. La carta de su María Gabriela flotó de sus manos a sus ojos, que devoraron cada palabra de amor, de promesa, de retorno. Al fin nuevas noticias, nuevos alientos. Leyó una vez más el manuscrito, las fibras de papel manchado de palabras en tinta. Tomó la lupa y la sobrepuso a la carta, cuya visión se fundió en un arcoíris. La luz se reflejaba como pinceladas sobre el papel. Quiso aumentar cada imagen, como si de esa forma, pudiera llegar a la María Gabriela real, viajar hasta ella. Llegó la noche absoluta, ya no se recordaba del festejo, ni de los primos, sólo de su amor. Encendió otra lamparita. La vela confinada dentro del cristal, recibió de un prometeico fósforo, una flamita, que se retorcía en carcajadas y risas por las cosquillas, que le hacía un airecito fisgón. María Estela enfocó la lupa sobre una o acentuada, cerró su ojo derecho, para tener una percepción más certera de la letra, que comenzó a girar, a devorarse al acento, lo arrastró hacia su centro, y al hálito de María Estela consigo.

5 comentarios:

Graciela dijo...

Sensual con un final líquido ¡Bien!

Ivan dijo...

Preséntame a ese mujerero...Hasta a las monjas puesssssss

Nancy dijo...

Rubén Darío jajaja ya ni me acordaba. Bueno hermanita continúa, un besito.

Marlene dijo...

Lo de la ropa me hace recordar a los años 50 ¿El cuento es de esa época?

Olga Fuchs dijo...

Queridos fans jajaja ¡Gracias!Graci: continuaré con la liquidez
Iván: en cuanto pueda te las presento
Nancy: ese verso está en el librito áquel de mami
Marlene:Sí, el tiempo del cuento es más o menos esa época.
Besos a todos, muaaaaaaaaaa