miércoles, 28 de mayo de 2014

Single Malt en vaso corto con dos piedras de hielo por Olga Fuchs


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Mi amiga tiene la profesión más dulce y más amarga a la vez. La más etérea y la más concreta. Su profesión ata la ficción a la realidad y hace de la realidad una frágil firmeza. Ella teje filigranas de emociones y decepciones, de ilusiones y de bajezas, de muertes y alumbramientos, de sueños y de razones, de encantos y de horrores, de pócimas y de antídotos.
Conjuga la belleza y el horror, la palabra y el vacío, la realidad y los abismos que se modelan en el sueño a las tres de la madrugada, el miedo y su sombra luminosa.
Ella es escritora.
El sábado muy temprano en la mañana nos reunimos en su casa. Vive en un hermoso apartamento de Los Naranjos. Allí me recibió e invitó a tomar té acompañado de scons salados, bizcochuelo y mermeladas caseras.
Ella desayunó single malt en vaso corto con dos piedras de hielo.
Es una mujer encantadora y culta en lo alto de la ciudad.
Encantadora.
Era extrañó verla sola, pero la ansiedad me consumía y le confesé mis penurias, sin preguntar sobre su vida o cómo estaba. Escuchó los horrores de mi dolor, de mi despecho.
Se sirvió un tercer trago y detuvo mi larga declaración de tormentos. Trató de consolarme contándome un relato.

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Mi primera novela fue un gran éxito. Nadé sobre emociones deliciosas, me sentí como la luz que flota sobre la marea y logra que brille el mejor de los azules. Que mis palabras fascinaran era un magnífico delirium tremens. Sí, no te extrañes, disfruto mis delirios tremens, no sé porqué, pero los disfruto intensamente, como disfruto mis palabras. Ellas son mis tesoros. Mis palabras, sí, mis palabras. Mis palabras también fascinaron a mi editora y correctora. Ella me amó desde la primera frase. Así me lo dijo de todas las formas posibles en que una persona puede decirle a otra que le fascina. Lo acepté. Y me perdí en laberintos de brisas. Me enamoré.
Fluyeron los días, los meses, el tiempo, el amor y volví a mis placeres acompañados del adorado single malt vintage reserve 1976. El single malt, mi single malt rezumó en mí.
Ella fluyó en mí, también, sin cesar, cada vez más. Severa, sutil y  sostenidamente. Me sugirió, que incluyera versos en mis escritos. Dudé en principio porque no soy poeta, y siento mucho respeto por la poesía. “La poesía es placer, aunque nos hable de dolor, y el placer se sobrepone a todo. Es imprescindible disfrutar con júbilo la existencia”, sentenciaba.
Al fin acepté la idea, y mis escritos se abrieron a poetas, a más dolores y placeres. Acordamos insertar  variados poemas como este de Gonzalo Rojas:
Hartazgo y orgasmo son dos pétalos en español
de un mismo lirio tronchado
cuando piel y vértebras, olfato y frenesí tristemente tiritan
en su blancura última, dos pétalos de nieve
y lava, dos espléndidos cuerpos deseosos
y cautelosos, asustados por el asombro, ligeramente heridos
en la luz sanguinaria de los desnudos:
un volcán
que empieza lentamente a hundirse.
Así el amor en el flujo espontáneo de unas venas
encendidas por el hambre de no morir, así la muerte:
la eternidad así del beso, el instante
concupiscente, la puerta de los locos,
así el así de todo después del paraíso:
–Dios,
ábrenos de una vez.
Así, las sugerencias pasaron a más seducciones y las seducciones a posesiones. La complací y me complací. Muchas veces. Sobre el escritorio, sobre el mesón, sobre la alfombra persa. Pero, las delicias no son eternas:
Comenzó a escribir por mí.
Paulatinamente dejé que lo hiciera. Debilidad. En mi última novela ella objetó la palabra "embriaguez", sugirió que la cambiara por "borrachera". “Embriaguez es una palabra en desuso", dijo. "Está fuera de moda".
Los ebrios nunca pasan de moda. Cambian de marca, de elixir, de amores, de motivos ocultos a explícitos. Cambian de poemas. Cambian de piel. Cambian de jugos o de venenos. Se adaptan. Mutan.
Ahora la embriaguez puede alcanzar una sinonimia terrible: indolencia infinita, envidias y bilis, protestas, gases verdes, inseguridad, estulticia, codicia, sed de poder, ruinas de hogares, violencias, violaciones, decadencias, nacionalidades en bancarrota, rizos de luto, smog, colas, tecnología de punta, amores muertos, ideales rotos, vejámenes, censura, hordas de parásitos, triunfos de la mediocridad y rumores de juicios.
A muchos les gusta emborracharse de sangre, sobretodo de sangre joven, derramar sangre joven, o emborracharse de lágrimas; emborracharse con el llanto ajeno.
Cambié, a su gusto las letras, las palabras y las oraciones; no así lo que era ya mi propia embriaguez: un viaje en un espectro cromático amplio, del ocre claro al ámbar dorado oscuro, en barricas de bourbon y en barricas de sherry.
Un viaje lento para apreciar aromas y para que el bouquet de la malta respire y haga posibles maridajes con alimentos o tabaco.
Un gozo del gusto, del olfato y la sensibilidad que se expande en momentos especiales. Doy rienda suelta a todos mis sentidos, agitados suavemente en whisky, sorbito a sorbito.
Comencé a presentar los signos del padecer. Ella como una serpiente venenosa, se arrastró en mí, un frío salto de agua en mi interior, letal. Me arañaban las púas de sus miradas reprobatorias, sus escamas de papel aluminio semejaban zarpas de dragones iracundos.
Me reclamaba que era inapropiado asistir a las presentaciones literarias y a los cócteles vestida sólo con vapores etílicos:
―Te refugias en el alcohol.
―No, no es un refugio ni un destino. Es el pórtico de paso, la entrada grande a la ficción. Un rito ― repuse.
En medio de esas ráfagas de furias yo me sonreía en silencio y recordaba  la frase usada hace poco tiempo por un grupo jóvenes: “Me quiero ir demasiado”.
Sí, me quería ir de su lado, pero no me iba. Mi voluntad estaba disuelta en Amargo de Angostura, ron  y cascaritas de limón. Traté de defenderme una que otra vez:
―Yo sólo me embriago con los libros ¡Me los bebo!
Se exasperó. Me expresó desesperación. No concebía que no me doblegara a su idea de mí, a su dibujo de mí, en todos los detalles que imaginó para mí. Mí, mí, mí era la fonación que retumbaba en mi cerebro. En medio de mis evocaciones a Ionesco, intenté asirme a mí.
Fueron semanas enteras de iras, luchas, furores y cóleras.
Dejó un mensaje por celular. Un ultimátum.

***
Mi amiga no habló más. Sólo la Strathspey, la “Glen Grant” del violín  escocés de Scott Skinner y el malt whisky, invadieron el ambiente por largo rato.
Respeté su silencio, esperé un tanto más y le pregunté:
― ¿Cuál era la exigencia?
― Que renunciara a embriagarme. Si no le obedecía, me abandonaría, me repudiaría, o algo así.
― ¿Y qué le respondiste?― repregunté.
― Sin whisky no puedo escribir y si no escribo, no puedo respirar.
Sonreímos cómplices y me dijo:
― Regresa cuando quieras. Y recuerda: Escoger pareja es como elegir el vaso adecuado para una degustación especial, para disfrutarnos. Forma y tamaños cambian el modo de percibir las sensaciones, los sabores que somos, los aromas y colores que somos.

Nos despedimos con un fuerte abrazo. Me acompañó a mi vehículo. Conduje hasta la avenida y pensé en los quebradizos puentes que unen las vidas. 

5 comentarios:

meteteya dijo...

Excelente anécdota, ambientación. Congrats!

ESPECIALIZACIÓN EN GESTIÓN SOCIOCULTURAL dijo...

¡Salud amiga!Me parece muy bueno este cuento y es muy acertado el cambio de registros que logras.

Francis dijo...

Este cuento me fascina. Una mezcla estupenda: whisky, amor y literatura. Mis felicitaciones.

León Salazar dijo...

Así me gustan con ¡Caña!

Mitchele Vidal dijo...

Hermoso texto. Me transportó.